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martes, 13 de mayo de 2014

Antipapa JP2: la "canonización" del marxismo

Martes, 22 de septiembre de 2009

AFINIDADES ENTRE EL PENSAMIENTO DE JUAN PABLO II Y EL MARXISMO

Por Atila sinke Guimaraes
[Los interesados en recibir una copia de este breve trabajoen PDF pueden pedirlo a nuestro email de contacto]
Los aduladores de Juan Pablo II normalmente propagan que él era un león contra el Comunismo y el Marxismo. Yo estoy en absoluto desacuerdo con esa tesis.
Antes de ser Papa, Karol Wojtyla llevó una vida de colaboración con el comunismo en Polonia; él estaba completamente comprometido con la política general Vaticana Ostpolitik. Incluso después de haber sido elevado a la Sede de Pedro, en sus varios viajes a Polonia y en las numerosas visitas de líderes comunistas polacos en el Vaticano, no escatimó esfuerzos para mantener a los sucesivos gobiernos comunistas en el poder. Igualmente, en la medida que pudo, apoyó a otros líderes comunistas para que no cayesen en sus respectivos países, como Michail Gorbatchev en la URSS y su sucesor Boris Yeltsil.
El hecho de que algunos aspectos del Comunismo hayan sido rechazados desde 1989 en adelante, estimulado por una ola de descontento en los países del Este Europeo, no significa que Juan Pablo II los haya inspirado. Menos aún fue él la causa de ese rechazo, como han sugerido varios oportunistas.
Como actor experimentado que era, siguió la evolución del estado de ánimo de la audiencia y desempeñó ante público aquello que le daría la mayoría de los aplausos y de permitiría difundir su mensaje.
Me reservo para otra ocasión la presentación de una larga crónica sobre la Ostpolitik Vaticana, que incluye el constante y sólido apoyo de Karol Wojtyla a los regímenes comunistas.
Este artículo está destinado a mostrar en algunas líneas generales las afinidades de Juan Pablo II y sus interrelacionados contra el Capitalismo en Occidente.
Poco después de 1965, cuando el Concilio Vaticano II finalizó, la Iglesia Conciliar, incluidos sus Papas, inició una serie de ataques contra las estructuras del mundo Occidental y alentó las reformas sociales en los países que estaban bajo el sistema social-económico del Capitalismo, llamado también neo-liberalismo. Los ataques directos apuntaban al sistema capitalista como tal, acusado de constituir una “estructura de pecado.” Los ataques indirectos – la oposición a la institución de la propiedad privada y la promoción de las reformas socialistas – apuntaban a erosionar las bases legítimas del sistema socio-económico Occidental e introducir leyes en sus estructuras jurídicas que permitirían hacer avanzar el Socialismo.
Paralelamente, fueron hechos aquí y allá elogios a ciertos aspectos del Marxismo, revelando una afinidad difícil de imaginar que pudiera sostener un Papa.
Estos ataques contra el Capitalismo y el apoyo dado tanto al Socialismo y al Comunismo no son características de solo Juan Pablo II. Incluso antes del Concilio, Juan XXIII en sus Encíclicas Mater et Magistra y Pacem in terrae hizo lo mismo. Posteriormente, Paulo VI en sus Encíclicas Populorum progressio y Octagesima adveniens tomaron un camino similar. No obstante, me parece que en sus osados apoyos al Marxismo y al Socialismo, Juan Pablo II fue incluso más allá que sus predecesores. Por esta razón, considero oportuno denunciar esas audacias.

Apoyo al Marxismo

En 1993, Juan Pablo II afirmó que la doctrina social de la Iglesia era el alma del Marxismo – una declaración ciertamente contraria al antiguo Magisterio de los Papas.[1] En la ciudad de Riga, en Letonia, hizo el siguiente claro elogio al Marxismo:
“Las condiciones históricas que dieron origen a este sistema [el Marxismo] fueron muy reales y serias. El sistema de explotación, al que un Capitalismo inhumano ha sometido al proletariado desde los inicios de la revolución industrial, representó una verdadera injusticia que la doctrina social de la Iglesia condenó abiertamente. En el fondo, esta última [la doctrina social de la Iglesia], fue el alma de verdad del Marxismo, gracias al cual puede presentarse de una manera fascinante en las mismas sociedades Occidentales.”[2]
Uno se pregunta, ¿de qué especie de “manera fascinante” habla Juan Pablo II? La respuesta tal vez se pueda encontrar en las palabras del Cardenal Henri de Lubac, amigo cercano de Juan Pablo II.[3] El Cardenal manifiesta una similar admiración por Marx. De Lubac expresa su entusiasmo por los objetivos del Marxismo y su posible proyección metafísica. El escribe:
“El mito concebido por Marx es ciertamente grandioso. (…) Si bien que él es socialista, Marx no es un utópico. Fue el primero en romper con la vieja tradición de las ‘Utopías’ [un lugar no existente] y las ‘Ucronías’ [un tiempo no existente] que obstruyeron el movimiento socialista en sus comienzos. (…) Por esta razón, se puede concluir con toda sinceridad que los fieles [católicos] pueden adoptar el Marxismo en su totalidad, con la condición de proyectarlo, en este caso, en el plano de la metafísica.”[4]
En otra obra, Henri de Lubac nuevamente elogia al Marxismo por supuestamente encontrar una “solución total” para el hombre:
“La idea Marxista del hombre y su destino. Vale la pena que hagamos una pausa aquí un momento, más que cualquier otra doctrina contemporánea, el Marxismo trata sobre este ‘nuevo hombre.’ (…) Más que cualquier otro, el Marxismo se considera heredero de todo movimiento científico y social de estos últimos siglos. Más que cualquier otro, también entiende cómo formular el problema del hombre en su totalidad y la forma de encontrar su solución total.”[5]
Hans Urs von Balthasar es considerado el mentor en filosofía y teología de Juan Pablo II. Al igual que de Lubac, también fue hecho Cardenal como retribución por su trabajo intelectual. Es importante conocer qué es lo que enseña sobre Marx para tener un conocimiento indirecto del pensamiento de Karol Wojtyla. Von Balthasar establece las afinidades entre el Personalismo, la doctrina filosófica a que adhería Juan Pablo II,[6] y la doctrina de Marx y Feuerbach. Von Balthasar escribe:“Sólo en el amor por lo demás, sólo abandonando la esfera del ‘yo’ y pasando a la esfera del ‘tú’ el hombre encuentra el camino que conduce a la humanidad del hombre. Este es el punto de partida de Marx así como del personalismo religioso y el socialismo (cristiano o no) del siglo XX: Ferdinand Ebner, Martin Buber, Leonhard Ragaz. El hombre se realiza plenamente y sólo se vuelve a sí en este encuentro. En esta experiencia la verdad se revela y se manifiesta espontáneamente, libremente, gratuitamente, en las profundidades del ser del hombre, que es tan abismal que Feuerbach, y después de él, Scheler, lo igualan a lo divino.”[7]
Von Balthasar parece referirse a las tesis sobre la divinidad del filósofo ateo del siglo XIX Ludwig Feuerbach, quien en muchos aspectos, fue el mentor de Marx. En su obra La Esencia de la Cristiandad (1841), Feuerbach defiende la noción de que Dios es sólo una idea, un reflejo de la imagen de la misma esencia humana. Dios no sería más que una proyección del hombre. Feuerbach escribe:“La esencia absoluta, el Dios del hombre, es su propia esencia. Y, en consecuencia, el poder del objeto [Dios] sobre él [hombre] no es más que el poder de la propia esencia del hombre.”[8]
Basado en esta afirmación de Feuerbcah, Marx afirma que la religión sería el “opio del pueblo.”Friedrich Engels, co-autor del Manifiesto Comunista y quien puso orden en los confusos escritos de Marx, confirma la fuerte influencia que Feuerbach ejerció sobre Marx. Declara Engels:
“Entonces apareció La Esencia del Cristianismo de Feuerbach. (…) Uno tendría que haber experimentado personalmente los efectos liberadores de este libro para tener una idea de lo que esto significa. El entusiasmo fue general: todos éramos Feuerbachjianos. El libro La Segunda Familia de Marx refleja el entusiasmo con que recibió este nuevo concepto y cuánto (…) fue influenciado por él.”[9]
Por lo tanto, a través de Von Balthasar, se establece un vínculo entre el Personalismo de Juan Pablo II y la idea que inspiró el Marxismo: ambos centran todo en el hombre.
Pero el apoyo que Juan Pablo II dio al Marxismo no se limita a un texto. En innumerables ocasiones lo elogia explícita o implícitamente.
En su Encíclica Laborens exercens, por ejemplo, escribió palabras dignas de atención a este respecto. Tratando sobre el nacimiento de la solidaridad entre los trabajadores, elogia fuertemente el rol del Manifiesto Comunista con su famoso lema: “Proletarios del mundo, unidos.” Aunque no lo menciona de nombre, su elogio al Marxismo se desprende con claridad. Estas son las palabras de Juan Pablo II:“Precisamente, a raíz de esta anomalía de gran alcance surgió en el siglo pasado [siglo XIX] la llamada ‘cuestión obrera,’ denominada a veces ‘cuestión proletaria.’ Tal cuestión —con los problemas anexos a ella— ha dado origen a una justa reacción social, ha hecho surgir y casi irrumpir un gran impulso de solidaridad entre los hombres del trabajo y, ante todo, entre los trabajadores de la industria. La llamada a la solidaridad y a la acción común, lanzada a los hombres del trabajo —sobre todo a los del trabajo sectorial, monótono, despersonalizador en los complejos industriales, cuando la máquina tiende a dominar sobre el hombre— tenía un importante valor y su elocuencia desde el punto de vista de la ética social. Era la reacción contra la degradación del hombre como sujeto del trabajo, y contra la inaudita y concomitante explotación en el campo de las ganancias, de las condiciones de trabajo y de previdencia hacia la persona del trabajador. Semejante reacción ha reunido al mundo obrero en una comunidad caracterizada por una gran solidaridad.“Tras las huellas de la Encíclica Rerum novarum (…) se debe reconocer francamente que fue justificada, desde la óptica de la moral social, la reacción contra el sistema de injusticia y de daño, que pedía venganza al cielo, y que pesaba sobre el hombre del trabajo en aquel período de rápida industrialización.”[10]
Por lo tanto, vemos a Juan Pablo II elogiando el Manifiesto Comunista como una reacción justificada contra el Capitalismo en el siglo XIX. Para hacerlo, pretende hacer creer que sigue los pasos de León XIII.
Las enseñanzas de este último Pontífice, sin embargo, eran muy diferentes de las de Juan Pablo II. A continuación presentamos algunos textos específicos de León XIII contra el Comunismo y el Socialismo, que son per diametrum opuestas a los elogios hechos por Juan Pablo II.
En su Encíclica Quod apostolici muneris, León XIII enseña: Empero, aunque los socialistas, abusando del mismo Evangelio para engañar más fácilmente a incautos, acostumbran a forzarlo adaptándolo a sus intenciones, con todo hay tan grande diferencia entre sus perversos dogmas y la purísima doctrina de Cristo, que no puede ser mayor. Porque ¿qué participación puede haber de la justicia con la iniquidad, o qué consorcio de la luz con las tinieblas? (2 Cor. VI, 14).”[11]
“Los socialistas, comunistas y nihilistas son una mortal pestilencia que serpentea por las más íntimas entrañas de la sociedad humana y la conduce al peligro extremo de ruina.”[12]
“Los socialistas, comunistas y nihilistas (…) nada dejan intacto e íntegro de lo que por las leyes humanas y divinas está sabiamente determinado para la seguridad y decoro de la vida.”[13]
Un simple contraste de ambas enseñanzas llevan a concluir que Juan Pablo II no es sólo favorable a Marx, al Manifiesto Comunista y los movimientos relacionados con él – el Comunismo y el llamado Socialismo Científico – sino también que él se sitúa lejos de la doctrina católica.
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[1] Documentos pontificios contra el Socialismo y el ComunismoPío IX: Encíclicas Nostis et nobiscum, n. 36; Quanta cura, DS 2890; Syllabus, DS 2902, 2915-18; 2977,2980 § 4.
León XIII: Encíclicas Quod apostolici muneris, nn. 62-4, 71, 77, 81, 83-4; Diuturnum illud, n. 105; Auspicatum concenssum, n. 24; Humanum genus, n. 23; Immortale Dei, nn. 32, 38; Libertas praestantissimum, n. 195; Rerum novarum, 7, 9, 22; Laetitiae sancte, n. 5; Graves de communi, nn. 2, 6, 27; Parvenu, n. 19.
San Pío X: Motu proprio del 18 de diciembre de 1903.
Benedicto XV: Encíclicas Ad beatissime, nn. 469-71;

Pío XI: Divini Redemptoris, DS 3773.
Pío XII: Discursos y radiomensajes de 7 de mayo de 1944; 24 de diciembre de 1994; 3 de junio de 1950; 2 de julio de 1951; 14 de septiembre de 1952; 7 de marzo de 1957; Carta a la Semana Social de Francia, de 14 de julio de 1954.
[2] Juan Pablo II, Discurso a los representantes del mundo académico y cultural, en Riga, el 9 de septiembre de 1993, publicado bajo el título “La dottrina sociale della Chiesa indica i principi che devono orientare una società degna dell’uomo,” L’Osservatore Romano, 11/9/1993.[3] De Lubac escribió el prefacio de una de las ediciones de Amor y Responsabilidad de Karol Wojtyla, en ese entonces Arzobispo de Cracovia. En 1983, Juan Pablo II le retribuyó el favor a de Lubac haciéndolo Cardenal. Ellos se estimaban mucho entre sí[4] Henri de Lubac, L’idée chrétienne de l’homme et la recherche d’un homme nouveau (Liège: La Penseé Catholique, 1948), pp. 32-33.
Más adelante, de Lubac hace una débil crítica al “absoluto” del Marxismo, que, según él, a pesar de su similitud con el Absoluto en que creen los cristianos, serían al mismo tiempo antagónicos.
[5] H. de Lubac, L’idée chrétienne de l’homme. P. 28.[6] Para saber más sobre el Personalismo como la base de la doctrina progresista, ver la cinta “Women before and after Vatican II,” de Marian T. Horvat, Ph.D.[7] H. U. von Balthasar, Solo l’amore è credibile (Turin: Borla, 1965), pp. 45-46.[8] L. Feuerbach, Das Wesen des Christentums (Berlin: W. Schuffenbauer, 1956), p. 51, apud H. Küng, Vida eterna? (Madrid: Cristiandad, 1983), p. 57.[9] F. Engels, Feuerbach und der Ausgang der Klassischen deutschen Philosophie, en Marx-Engels Werke (Berlín, 1962), vol. 21, p. 272, apud ibídem, pp. 55-56.[10] Juan Pablo II, Encíclica Laborens exercens, 14 de septiembre de 1981, n. 8, (Librería Editrice Vaticana, 1982), p. 228[11] León XIII, Encíclica Quod apostoloco muneris, 28 de diciembre de 1878, (Vozes), p. 8.[12] Ibídem, p. 3.[13] Ibídem, p. 4.

La noción socialista de la propiedad de Juan Pablo II

Gilbert Mury, un miembro del Partido Comunista Francés y experto en materias religiosas, explica la importancia fundamental del concepto de propiedad privada como fue enseñada por el Magisterio Pontificio anterior al Concilio Vaticano II. El considera que si la Iglesia Católica cesase su enseñanza sobre la propiedad privada, todos los obstáculos para el Socialismo se desvanecerían. Mury escribe:“Si el Vaticano cesa realmente de insistir sobre la propiedad privada de los medios de producción (…) entonces ya no va a ser un obstáculo doctrinario permanente en las vías de la colaboración activa del cristiano en el establecimiento y la construcción del Socialismo.”[1]
Apoyando consciente o inconscientemente al Socialismo, los Papas posteriores al Vaticano II dejaron de enseñar la doctrina tradicional sobre la propiedad privada y comenzaron a difundir una noción socialista de la propiedad. Juan Pablo II es un ejemplo expresivo de esto. El adoptó la siguiente noción socialista de la propiedad:
“La propiedad se adquiere ante todo mediante el trabajo, para que ella sirva al trabajo. Esto se refiere de modo especial a la propiedad de los medios de producción. El considerarlos aisladamente como un conjunto de propiedades separadas con el fin de contraponerlos en la forma del «capital» al «trabajo», y más aún realizar la explotación del trabajo, es contrario a la naturaleza misma de estos medios y de su posesión. Estos no pueden ser poseídos contra el trabajo, no pueden ser ni siquiera poseídos para poseer, porque el único título legítimo para su posesión —y esto ya sea en la forma de la propiedad privada, ya sea en la de la propiedad pública o colectiva— es que sirvan al trabajo; consiguientemente que, sirviendo al trabajo, hagan posible (…) el destino universal de los bienes y el derecho a su uso común.”“Desde ese punto de vista, pues, en consideración del trabajo humano y del acceso común a los bienes destinados al hombre, tampoco conviene excluir la socialización, en las condiciones oportunas, de ciertos medios de producción.”[2]
Hablando en sentido completamente opuesto, León XIII en su Encíclica Rerum novarum declara la legitimidad de la propiedad privada y el carácter perjudicial del Socialismo desde varios puntos de vista. Enseña el Pontífice:
“De todo lo cual se sigue claramente que debe rechazarse de plano esa fantasía del socialismo de reducir a común la propiedad privada, pues daña a esos mismos a quienes se pretende socorrer, repugna a los derechos naturales de los individuos y perturba las funciones del Estado y la tranquilidad común. Por lo tanto, cuando se plantea el problema de mejorar la condición de las clases inferiores, se ha de tener como fundamental el principio de que la propiedad privada ha de conservarse inviolable.[3]
En su Encíclica Quadragesimo anno, Pío XI condena implícitamente el socialismo del Papa Wojtyla:
“Este error [el socialismo] (…) se basa en una concepción de la sociedad humana que es completamente opuesta a la verdadera doctrina católica. Socialismo religioso, socialismo católico son términos contradictorios: nadie puede ser simultáneamente un buen católico y verdadero socialista.”[4]
Según el constante e invariable Magisterio de los Papas, la propiedad no procede del trabajo, como Juan Pablo II ha insistido, sino de la misma naturaleza del hombre, lo que supone la existencia de condiciones desiguales.
Pío XI niega claramente que el trabajo sea la única base de la propiedad tal como lo afirma Juan Pablo II. Pío XI afirma:“Pero el Apóstol no enseña en modo alguno que el único título que da derecho a alimento o a rentas sea el trabajo.”[5]
El Papa Pío XI enseña que la propiedad deriva de la propia naturaleza del hombre:“La división de los bienes en la propiedad privada está establecida por la naturaleza misma de manera que las cosas creadas puedan servir a las necesidades de la humanidad en un orden fijo y estable.”[6]
El Papa León XIII confirma esta enseñanza:“La propiedad privada… se deriva del derecho natural del hombre: el ejercicio de este derecho, especialmente para aquellos que viven en sociedad, no es sólo lícito, sino absolutamente necesario.”[7]
Parece bien difícil sostener que Juan Pablo II siga la anterior doctrina social católica. Más bien parece estar siguiendo lo que ella condenó.

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[1] Gilberto Mury, apud, Philippe de la Trinité, Dialogue avec le marxisme? (París: Cèdre, 1966), p. 66.[2] Juan Pablo II, Encíclica Laborens exercens, n. 14, p. 241.[3] León XIII, Encíclica Rerum novarum, 15 de mayo de 1891, n. 11. (http://www.vatican.va/holy_father/leo_xiii/encyclicals/documents/hf_l-xiii_enc_15051891_rerum-novarum_sp.html)[4] Pío XI, Encíclica Quadragesimo anno, 15 de mayo de 1931. n. xx (http://www.vatican.va/holy_father/pius_xi/encyclicals/documents/hf_p-xi_enc_19310515_quadragesimo-anno_sp.html)[5] Ibídem, n. 57.[6] Ibídem,[7] León XIII, Encíclica Rerum novarum,(http://www.vatican.va/holy_father/leo_xiii/encyclicals/documents/hf_l-xiii_enc_15051891_rerum-novarum_sp.html)


Una concepción marxista del trabajo y el capital

En cuanto a las relaciones entre el trabajo y el capital, Juan Pablo II también parece adoptar la tesis marxista que un sistema socioeconómico basado en la propiedad privada y la libre iniciativa produce que los ricos se hagan cada vez más ricos, y los pobres cada vez más pobres. En su discurso inaugural el Puebla, en la Conferencia de Obispos Latinoamericana (1979), explicando el pensamiento de Paulo VI sobre la materia, Juan Pablo II afirmó:“Cuando Paulo VI declaró que el desarrollo es el nuevo nombre de la paz, él tenía en mente todos los vínculos que existen dentro y fuera de las naciones a un nivel universal. Se refería a los mecanismos que estaban imbuidos no con un auténtico humanismo, sino más bien con el materialismo, que a nivel internacional hace que los ricos se hagan cada vez más ricos, y los pobres cada vez más pobres.”[1]
Analicemos el fundamento del lema de Juan Pablo II que el Capitalismo genera que “un rico se hace cada vez más rico y un pobre cada vez más pobre.”
Según la teoría marxista de la plusvalía,[2] el propietario del capital o de los medios de producción, conserva injustamente una parte de la riqueza generada por el trabajador, a quien se le paga un salario sólo de subsistencia. De aquí proviene que Marx diga que el trabajador produce la riqueza de algunos y su propia miseria.[3] Estas son las palabras de Marx:
“Cada día se hace más claro (…) que las mismas relaciones que producen la riqueza también producen miseria (…) y no producen la burguesía rica sino también (…) un proletariado cuyo número se incrementa cada vez más.”[4]
En su libro El Capital, Marx insiste en la misma idea:“Todos los métodos para la producción de la plusvalía [surplus value] son al mismo tiempo métodos de acumulación. (…) De ello se deduce, por lo tanto, que en proporción a la acumulación del capital, la suerte del trabajador, sea su paga alta o baja, tiene que empeorar. (…) Esta es la ley que establece la fatal correlación entre la acumulación del capital y la acumulación de la miseria. En un extremo, la acumulación de riqueza es, por lo tanto, al mismo tiempo la acumulación de miseria, la agonía del trabajo, la esclavitud, la ignorancia, la brutalidad, y la degradación mental del extremo opuesto.”[5]
Esto sería supuestamente el resultado inevitablemente desolador del sistema capitalista basado en la propiedad privada y en la libre iniciativa.
Se puede ver que con respecto al Capitalismo y la pobreza no parece existir diferencia esencial entre la tesis de Marx y la que defiende Juan Pablo II.No está de más recordar que la teoría de la plusvalía fue condenada por los Pontífices anteriores. El Papa Pío XI, por ejemplo, enseña:“Porque ellos están muy equivocados cuando difunden el principio de que el trabajo vale en la medida en que sus productos tienen valor, y debe ser pagado como tal, y que en consecuencia, el trabajador tiene el derecho de exigir todo lo que produce a través de su trabajo. Cuán lejos está esto de la verdad es evidente por lo que ya hemos explicado al tratar sobre la propiedad y el trabajo.”[6]
Una vez más, es difícil evitar concluir que la enseñanza de Juan Pablo II coincide con el discurso marxista y cuán diferente es de la doctrina católica.
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[1] Juan Pablo II, Discurso de apertura en Puebla, 28 de enero de 1979, III Conferencia General del Episcopado Latinoamericano (BAC, Madrid, 1982), p. 398.[2] Del latín, surplus value, defiende la idea que el trabajador debería recibir todo el beneficio de su trabajo que le da a su empleador.[3] Die heilige Familie, Werke, vol. 2, p. 37, apud Gustavo & Luis Solimeo, As CEBs… das quais muito se fala – Comentários e documentação totais (São Paulo, Vera Cruz, 1982), p. 39.[4] K. Marx, Das Elende der Philosophie, Werke, vol. 4, p. 141, apud ibid.[5] Le Capital, I, 680, apud Kostas Papaionnou, Marx et les marxistes (Flammarion, París, 1972), p. 154[6] Pío XI, Encíclica Quadragesimo anno.

Auto-realización a través del trabajo, otro concepto marxista

Se encuentran significativas similitudes entre Juan Pablo II y Marx sobre otros puntos. Por ejemplo, en la concepción de la auto-realización del hombre a través del trabajo.El tema del trabajo, tratado por Paulo VI en Populorum progressio, fue también desarrollado en la Encíclica Laborem exercens y Sollicitudo rei socialis por Juan Pablo II.En su visita a Módena, Italia, el Pontífice se refirió implícitamente al Marxismo cuando mencionó el “hecho nuevo,” la “revolución del trabajo” que aparece en el panorama histórico. Estas son sus palabras:
“Me gustaría hacer una exégesis de las palabras de San Benito, ‘labora et ora’ [trabaja y reza]. Creo que estas palabras, pronunciadas de esa manera, explican el significado de la enseñanza social de la Iglesia. Si bien que la realidad del trabajo humano siempre ha sido presentada en el mundo y en la historia de la humanidad, de las naciones y de los pueblos, está tomó una medida completamente nueva en los últimos siglos. El trabajo humano se convirtió en un hecho nuevo: la ‘revolución del trabajo.’ La humanidad ha vivido y sigue viviendo esta ‘revolución del trabajo.’”[1]
En Laborem exercens, Juan Pablo II da una interpretación personalista al trabajo, haciendo hincapié en su función de realizar plenamente al hombre:
“Como persona, el hombre es pues sujeto del trabajo. Como persona él trabaja, realiza varias acciones pertenecientes al proceso del trabajo; éstas, independientemente de su contenido objetivo, han de servir todas ellas a la realización de su humanidad, al perfeccionamiento de esa vocación de persona, que tiene en virtud de su misma humanidad.”[2]
Esta “auto-realización” del hombre a través del trabajo predicada por Juan Pablo II es muy similar a la “auto-creación” del hombre a través del trabajo defendida por Marx. De hecho, este último afirmó:“Toda la llamada historia del mundo no es más que la auto creación del hombre a través del trabajo humano, nada más que el ‘llegar a ser’ [Werden] de la naturaleza para el hombre.”[3]
No pocos comentaristas favorables a Juan Pablo II, lo han considerado, no obstante, un partidario del Socialismo, debido a la similitud entre su concepto de trabajo y el de Marx. Por ejemplo, el autor italiano Rocco Buttiglione, un conservador especialista en el pensamiento de Karol Wojtyla, afirma:“Incluso una lectura superficial de la Encíclica Laborem exercens causa sorpresa por el hecho que el varios lugares de esta encíclica se puede encontrar terminología marxista usada con precisión y presteza para explicar el mundo contemporáneo. (…) Juan Pablo II acepta el concepto de alienación así como el concepto marxista de la praxis. Marx afirmó que el hombre se crea a sí mismo, se construye a través de su propio trabajo. (…) Karol Wojtyla está de acuerdo con el hecho que el hombre, en cierto sentido, se crea a sí mismo a través de su propio trabajo.”[4]
En el mismo sentido, el teólogo progresista radical, el P. José Luis Segundo escribió:“Lo que Marx dijo acerca de las relaciones humanas siendo representadas por el trabajo, así como sobre la libertad y el carácter vocacional que el trabajo debe tener para que el hombre pueda realizarse sin la necesidad de dedicar tiempo extra para su desarrollo espiritual y humano, es muy similar a la visión personalista y cristiana del trabajo que el Papa Juan Pablo II ha reexaminado (…) en su Encíclica Laborem exercens (…)”[5]
El P. João Batista Libânio, profesor del Centro de Estudios Superiores de Brasil, considera que esos conceptos socialistas de Juan Pablo II hacen de él el “Papa más revolucionario de la Historia.” Estas palabras del jesuita son particularmente expresivas:
“Desde el aspecto de la doctrina social, Juan Pablo II es el Papa más avant-garde de la Historia. Una lectura atenta de la Encíclica Laborem exercens de 1981 revela que el Papa defiende ciertos tipos de socialización de los medios de producción sobre una base socialista.”[6]
Por tanto, con respecto al concepto de auto-realización a través del trabajo, las similitudes entre el pensamiento de Juan Pablo II y el Marxismo claramente no es una opinión personal. Esto ha sido señalado por estudiosos de varias tendencias – de derecha, de la izquierda y del centro – en el espectro teológico.
__________
[1] L’Osservatore Romano, 5 de junio de 1988, p. 8.[2] Laborens exercens, n. 6, (http://www.vatican.va/holy_father/john_paul_ii/encyclicals/documents/hf_jp-ii_enc_14091981_laborem-exercens_sp.html)[3] Istvan Mészáros, Marx: a teoría da alienação (Rio de Janeiro, Zahar, 1981), p. 76.[4] R. Buttiglione, “Cultura e Filosofia,” Antropologia e praxis no pensamento de João Paulo II (Rio de Janeiro, Lumen Christi, 1985), pp. 42-3.[5] J. L. Segundo, Teologia da Libertação – Uma advertencia à Igreja, (São Paulo: Paulinas, 1987), p. 127.[6] João Batista de Arruda, O Estado de São Paulo, 21 de abril de 1996.


Apoyo a la Reforma Agraria socialista

El Comunismo tiene dos aspectos principales que trata de introducir en la legislación de los países occidentales. El primero, que pertenece al campo, es la reforma agraria, referente a la participación de los trabajadores de la tierra en la propiedad de los campos. El segundo aspecto, que pertenece a las ciudades, es la participación de los trabajadores industriales o comerciales en la propiedad de la empresa – la llamada autogestión en las empresas. Cuando estas dos leyes son introducidas en un país, el Comunismo tiene una cabeza de puente para conquistarlo.Para introducir esas leyes, el Comunismo cuenta hoy en día con la valiosa colaboración de la Iglesia Conciliar que ha rebautizado los viejos principios comunistas y les ha dado una fachada “católica.” Los principios detrás de esas leyes, sin embargo, continúan siendo los mismos que dirigieron el viejo Comunismo:
una distribución universal igualitaria de los bienes, y el acceso común a los medios de producción.Pero ellos ahora son presentados bajo una cubierta “bíblica,” “profética,” o incluso bajo un mensaje “mesiánico” que pretende defender a los pobres, que deben ser liberados de la explotación por parte de los propietarios. Es el mismo viejo lobo con piel de oveja, o bajo una capa de pastor, para ser más preciso en la metáfora.
No sólo a través de su Teología de la Liberación sino también a través de sus voceros oficiales e instituciones, la Iglesia Conciliar ha difundido esos principios, presentados en un lenguaje “católico,” en todo el mundo. Durante los últimos 40 años, innumerables religiosos y religiosas de diferentes órdenes, teólogos, Obispos e incluso los últimos Papas se hallan, directa o indirectamente, predicando la abolición de la propiedad privada. No sólo prestan un fuerte apoyo a los objetivos del Comunismo, sino también contradicen directamente a la anterior enseñanza social católica.En efecto, la propiedad privada es virtualmente abolida para los propietarios de tierras y empresarios urbanos cuando esos dos principios son aplicados. Con esto, las puertas quedan ampliamente abiertas para el régimen socialista o comunista para tomar el poder.

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A continuación algunos ejemplos del apoyo otorgado por Juan Pablo II al desarrollo de una reforma agraria en los países sudamericanos.Comentando sobre la reforma agraria durante su viaje a Ecuador en 1985, Juan Pablo II dijo:“Sé que desde algunos años una reforma agraria ha estado en marcha en la que la Iglesia de Ecuador ha desempeñado un papel notable. Quiero alentar esta loable iniciativa.”[1]
Al visitar Bolivia, el Papa hizo otro fuerte ataque contra los propietarios y defendió la reforma agraria. Dirigiéndose a los trabajadores agrícolas en Oruro, afirmó:“Con respecto a la distribución de la tierra, sé que Bolivia no fue el primer país latinoamericano en realizar una reforma agraria que inicialmente permitió a muchos de ustedes adquirir al menos una pequeña parcela de propiedad. Pero el inconveniente de una propiedad pequeña – en un territorio inmenso y poco habitado y la existencia de vastos latifundios han continuado creando serios problemas para los trabajadores agrícolas. Estos son problemas muy conocidos y graves que exigen soluciones audaces que hagan prevalecer la justicia.”[2]
En un viaje a Brasil, parecía aprobar la plataforma comunista cuando pronunció estas palabras en la homilía de la Misa que celebró en la ciudad de San Luiz en el Estado de Maranhão:
“Es una cuestión de distribución de propiedades que son insuficientemente cultivadas para quienes que pueden hacer de ellas productivas. En este sentido, la propiedad de la tierra se vuelve ilegitima cuando la tierra no se mejora o cuando se impide que otros la trabajen. Por el contrario, su objetivo es hacer una ganancia que no provenga de la expansión global del trabajo humano y la riqueza social, sino de la represión, de la explotación ilícita, la especulación, y la ruptura de la solidaridad en el mundo del trabajo.”“Desde este punto de vista, se puede hablar de la alta concentración de la propiedad de la tierra en pocas manos en Brasil, una situación que exige una justa reforma agraria. Esta clase de posesión no se puede justificar, y constituye un abuso delante de Dios y de los hombres.”[3]
El Pontífice reiteró su crítica socialista a los latifundistas brasileños:
“Es necesario decir que la propiedad de la tierra se vuelve ilegítima cuando la tierra no se mejora o cuando se impide que otros la trabajen. Por el contrario, su objetivo es hacer una ganancia que no provenga de la expansión global del trabajo humano y la riqueza social.”[4]
Dirigiéndose a los trabajadores del campo en Bogotá, Colombia, Juan Pablo II sugirió una audaz reforma agraria socialista:“¿Cuántos de ustedes pasan la vida en el trabajo rudo en los campos… sin la esperanza de obtener para sí el más pequeño pedazo de tierra y sin recibir los beneficios de una audaz y efectiva reforma agraria?”[5]
Durante el mismo viaje a Colombia, el Pontífice nuevamente estimuló la reforma agraria bajo el pretexto de liberar a los campesinos de la “explotación de los grandes terratenientes.” Dirigiéndose a los trabajadores en el Santuario Mariano de Chiquinquirá, afirmó:“Pero su dignidad como personas y el trabajo que realizan, ellos [los trabajadores] merecen (…) se les garantice formas legales de acceso a la propiedad de la tierra. Es necesario revisar objetivamente aquellas situaciones injustas a las que ellos están a menudo sometidos, sobre todo en el caso de los trabajadores rurales que se ven obligados a cultivar la tierra de otros y son explotados por los grandes terratenientes.”[6]
No parece una pérdida de tiempo detenerse un momento en este pasaje, “los trabajadores que se ven obligados a cultivar la tierra de otros y son explotados por los grandes terratenientes.” Juan Pablo II parece prestar apoyo a los objetivos igualitarios de los socialistas y comunistas que nunca cesan de proclamar que la tierra debería pertenecer a aquellos que la trabajan.Desde esta perspectiva, el sistema de los trabajadores asalariados sería injusto y opuesto a la dignidad humana. Por consiguiente, un trabajador que depende de su empleador para vivir sería un hombre sujeto a una servidumbre humillante y a una intolerable “explotación.”
Ahora bien, según la doctrina social tradicional de la Iglesia Católica enseñada por los Papas, el sistema de salarios es justo en sí mismo, ya que respeta los derechos legítimos del propietario y los trabajadores.En oposición directa a la tesis de Juan Pablo II, se lee en la Encíclica Quadragesimo anno del Papa Pío XI, que cita argumentos de la Rerum novarum de León XIII, lo siguiente:
“Quienes sostienen que el contrato de arriendo y alquiler de trabajo es de por sí injusto y que, por tanto, debe ser sustituido por el contrato de sociedad, afirman indudablemente una inexactitud y calumnian gravemente a nuestro predecesor [León XIII], cuya encíclica no sólo admite el "salariado", sino que incluso se detiene largamente a explicarlo según las normas de la justicia que han de regirlo.”[7]
Pío XI, en el texto arriba mencionado, también condena el error de quienes dicen que es explotación no pagar al trabajador toda la ganancia que produce su trabajo, como dice Juan Pablo II. El Papa Pío XI afirma:“Se equivocan de medio a medio, efectivamente, quienes no vacilan en divulgar el principio según el cual el valor del trabajo y su remuneración debe fijarse en lo que se tase el valor del fruto por él producido y que, por lo mismo, asiste al trabajo el derecho de reclamar todo aquello que ha sido producido por su trabajo, error que queda evidenciado sólo con lo que antes dijimos acerca del capital y del trabajo.”[8]
Es curioso ver cómo a menudo las tesis de Juan Pablo II parecen incurrir en las condenaciones de los Papas anteriores. Vale la pena recordar que su posición con respecto a los asuntos socio económicos son muy similares a las de los comunistas y socialistas.
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[1] Juan Pablo II, Speech to the indigenous peoples of Latacunga, L’Osservatore Romano, 31 de enero de 1985, Suplemento, p. 26.[2] L’Osservatore Romano, 13 de mayo de 1988, p. 6.[3] Juan Pablo II, Homilía del 14 de octubre de 1991, apud O Estado de São Paulo, “Pontífice defende reforma agrária,” 15 de octubre, 1991; Walter Falceta, “Homilía faz defesa da reforma agrária,” ibíd.[4] Juan Pablo II, Discurso a los Obispos brasileños en del región del sur-1, 21 de marzo de 1996, publicado bajo el título “Discurso del Papa dirigido a los Obispos paulistas,” O Estado de São Paulo, 22 de marzo de 1996; véase también Hugo Marques – Isabel de Paula, “Papa apoia denuncia de corrupção no Brasil,” O Globo, marzo de 1995.[5] Juan Pablo II, Discurso en El parque Tunal el 3 de julio de 1986, Mensajes de S.S. Juan Pablo II a los Colombianos (Bogotá: SPEC, 1986), p. 91.[6] Homilía de Juan Pablo II en el Parque Chiquinquirá, 3 de julio de 1986, Mensajes de S.S. Juan Pablo II a los Colombianos, p. 79.[7] Pío XI, Encíclica Quadragesimo anno, n. 64 (http://www.vatican.va/holy_father/pius_xi/encyclicals/documents/hf_p-xi_enc_19310515_quadragesimo-anno_sp.html).[8] Ibíd. n. 68.
Para responder las diversas objeciones de aquellos que apoyan la reforma agraria, así como la defensa unánime y constante que los Papas han sostenido de los principios anti-igualitarios, véase Plinio Corrêa de Oliveira, Arzob. Geraldo de Proença Sigaud, Obispo Antônio de Castro Mayer, y Luis Mendoça de Freitas, Reforma Agrária – Questão de Consciência (São Paulo, Vera Cruz, 1960), pp. 62-106.
http://www.pliniocorreadeoliveira.info/livros/1960%20-%20ReformaAgrariaQuestConciência.pdf.


Apoyo a las empresas socialistas autogestionarias

Esencialmente, la autogestión es la participación del trabajador en la propiedad de la empresa. Se trata de una división radical que implica que la propiedad pertenece a los trabajadores, que deberían dirigir la empresa en un sistema de consulta mutua. Esto representa el fin de la propiedad privada, que ha sido predicada por los socialistas por mucho tiempo. Esta plataforma fue apoyada por la Iglesia Conciliar y hoy es uno de sus objetivos comunes.
¿Qué representa la autogestión con respecto al Marxismo?Marx transpuso el método hegeliano de buscar la verdad en el contexto histórico, político-social y económico. Este método supone una evolución filosófica por medio de una tesis, antítesis, y síntesis. Para Marx, que lo aplica a las diferencias de clases, la tesis – la hegemonía de la burguesía – se opondría a una antítesis – la dominación del proletariado – lo que generaría una síntesis, la desaparición del Estado, que sería sustituido por células autogestionarias.Desde Lenin hasta nuestros días, el comunismo ha pretendido situarse en una segunda fase del proceso, esto es, en la dictadura del proletariado.
A juzgar por los discursos de los socialistas y comunistas después de 1989, así como de los progresistas, se podría decir que todos ellos tienen como objetivo el establecimiento de la síntesis, la etapa final del sueño marxista.Fue en nombre de la autogestión que Juan Pablo II defendió el derecho de participación de los trabajadores agrícolas en la propiedad de los bienes durante una visita a Brasil:
“A los trabajadores de la tierra, al igual que a otros trabajadores, no se les puede negar bajo ningún pretexto el derecho de participación y comunión (…) en la vida de las empresas y organizaciones diseñadas para definir y salvaguardar sus intereses en el difícil y peligroso viaje hacia la transformación indispensable de las estructuras de la vida económica.”[1]
El repitió este mensaje extendiéndolo también a las empresas urbanas:
“Es muy importante para todos los protagonistas de la vida económica tener la posibilidad real de participar libremente y activamente en la elaboración y control de la toma de decisiones en todos los niveles que los involucra.”[2]
Al promover la autogestión, Juan Pablo II parece colocarse contra la enseñanza de Pío XII sobre la propiedad y su función social. En efecto, el Papa Pío XII afirma:“Por esta razón, la doctrina social católica se pronuncia decididamente sobre el derecho de propiedad privada, entre otras cuestiones. Aquí también hay profundas razones de por qué los Papas de las encíclicas sociales, y Nos también, rechazamos deducir de la naturaleza del contrato de trabajo, sea directa o indirectamente, el derecho de los trabajadores a la copropiedad en el capital de la empresa y, en consecuencia, su derecho de cogestión.”[3]
Queda bastante claro que la doctrina de la autogestión propuesta por Juan Pablo II choca frontalmente con esta declaración de Pío XII. Pío XII estaba siguiendo la enseñanza constante de la Iglesia sobre la materia. Por lo tanto, Juan Pablo II va contra el pasado de la Iglesia Católica.
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[1] Homilía durante la Misa en Recife, 7 de julio de 1980, A palabra de João Paulo II no Brasil (São Paulo, Paulinas, 1980), p. 248.[2] Reunión con los trabajadores en São Paulo, ibíd., p. 130.[3] Pío XII, Radiomensaje al Katholikentag de Viena, Discorsi e Radiomenssaggi di Sua Santità Pio XII, (Editrice Poliglota Vaticana), vol. 14, p. 314.

La plataforma anti-capitalista de Juan Pablo II

Mons. Helder Câmara, el Arzobispo Rojo de Recife, Brasil, anunció que uno de los objetivos de la Iglesia Conciliar es condenar el Capitalismo por ser “un régimen intrínsecamente malvado.” El expresó este intento en una carta al comunista francés Roger Garaudy, que la transcribe en uno de sus libros:
“El siguiente paso para nosotros, los cristianos es que se proclame públicamente que no es el Socialismo, sino el Capitalismo el que es intrínsecamente malo, y que sólo el Socialismo puede ser condenado en sus perversiones.”[1]
Se puede decir que Juan Pablo II sigue esta orientación que dice la carta. En la Encíclica Sollicitudo rei socialis, él señaló que la iniciativa privada y la libre empresa – parcialmente calificada como el deseo materialista de lucro y sed de poder – es la responsable de las “estructuras de pecado.” Como solución, propone el ejercicio de una solidaridad igualitaria, muy similar al Socialismo:
“Pecado” y “estructuras de pecado”, son categorías que no se aplican frecuentemente a la situación del mundo contemporáneo (…) entre las opiniones y actitudes opuestas a la voluntad divina y al bien del prójimo y las “estructuras” que conllevan, dos parecen ser las más características: el afán de ganancia exclusiva, por una parte; y por otra, la sed de poder, con el propósito de imponer a los demás la propia voluntad. (…)
“Bajo ciertas decisiones, aparentemente inspiradas solamente por la economía o la política, se ocultan verdaderas formas de idolatría: dinero, ideología, clase social. (…)
“Los débiles, por su parte, en la misma línea de solidaridad, no deben adoptar una actitud meramente pasiva o destructiva del tejido social y, aunque reivindicando sus legítimos derechos, han de realizar lo que les corresponde, para el bien de todos. (…)
“El mismo criterio se aplica, por analogía, en las relaciones internacionales. La interdependencia debe convertirse en solidaridad, fundada en el principio de que los bienes de la creación están destinados a todos. Y lo que la industria humana produce con la elaboración de las materias primas y con la aportación del trabajo, debe servir igualmente al bien de todos.“Superando los imperialismos de todo tipo y los propósitos por mantener la propia hegemonía, las Naciones más fuertes y más dotadas deben sentirse moralmente responsables de las otras, con el fin de instaurar un verdadero sistema internacional que se base en la igualdad de todos los pueblos y en el debido respeto de sus legítimas diferencias.”[2]
Textos análogos que identifican el Capitalismo con las “estructuras de pecado” se encuentran en muchos de los documentos de Juan Pablo II.
¿Qué reacción han causado estas tesis anti-capitalistas de Juan Pablo II entre los Obispos? Veamos algunas repercusiones en los documentos oficiales de la Conferencia de Obispos Latinoamericana (CELAM). En el documento final de su reunión en Puebla (1979), que fue inaugurada por el mismo Juan Pablo II, los Obispos del CELAM declararon:“El temor al marxismo impide que muchos enfrente la realidad opresiva del Capitalismo liberal. Se puede decir que, ante el peligro de un sistema claramente marcado por el pecado, la gente olvida denunciar y combatir la realidad que ya ha sido implantado por otro sistema igualmente marcado por el pecado.”[3]
Citando el discurso de apertura de Juan Pablo II en la reunión de Puebla, los Obispos vuelven al ataque contra las estructuras del Capitalismo:
“Confirmamos (…) que la situación de pobreza inhumana en la que millones de Latino Americanos que viven en el más devastador y humillante flagelo. (…) Al analizar esta situación más profundamente, encontramos que esta pobreza no es apenas una fase aleatoria, sino más bien el producto de situaciones determinadas y estructuras económicas, sociales, y políticas, aunque también hay otras causas de la miseria.
“La situación interna de nuestros países tiene su origen y apoyo en mecanismos que, debido a que no están imbuidas de auténtico humanismo, sino más bien de materialismo, en el plano internacional ‘hace que los ricos sean cada vez más ricos a costa de los pobres que se hacen cada vez más pobres’ (Juan Pablo II, 3, 3, AAS, 71, p. 201).”[4]
¿Cuál fue el resultado de este estímulo Papal? El documento final de Puebla representa un fuerte respaldo a la Teología de la Liberación, que es el flagelo del Capitalismo y el promotor del Socialismo en aquel continente.
Incluso si la Teología de la Liberación ya existía en teoría y en la práctica en diversos grupos pequeños, su nacimiento simbólico tuvo lugar en 1968 cuando Paulo VI la apoyó en Medellín. En los años 70 se extendió por todo el continente. En los 80, con el apoyo de la jerarquía católica, sacudió a casi todos los regímenes latinoamericanos civiles y militares neo-liberales.
En los años 90 entró en la arena política como una especie de imán que atrae a todas las fuerzas de izquierda, que comenzaron a ganar las elecciones. En Brasil subió a la presidencia el comunista Lula, una marioneta de la Teología de la Liberación. En Argentina y Uruguay, virtualmente ha tomado el control del gobierno. En Ecuador y Bolivia ya ha tomado el poder. Venezuela se volvió comunista siguiendo un esquema diferente y en Chile ha retornado el socialismo heredero de Salvador Allende, asistido también con la complicidad de la Jerarquía Eclesiástica.Es triste decirlo, pero en la práctica, toda Latinoamérica se está volviendo socialista, gracias, en parte considerable, al estímulo de Paulo VI en Medellín y Juan Pablo II en Puebla. En la base de esta enorme transformación está el sofisma en que el sistema neo-liberal, basado en la libre iniciativa y propiedad privada, produce que los “ricos se hagan cada vez más ricos y los pobres cada vez más pobres.”
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[1] Herdel Camara, apud Roger Garaudy, Parole d’homme (París, Laffont, 1975), p. 118.[2] Juan Pablo II, Sollicitudo rei socialis, nn. 36-39, (http://www.vatican.va/holy_father/john_paul_ii/encyclicals/documents/hf_jp-ii_enc_30121987_sollicitudo-rei-socialis_sp.html)[3] CELAM, Conclusoes de Medellín, A Igreja na atual transformação da América Latina à luz do Concilio (Petrópolis, Vozes, 1980), n. 92.[4] CELAM, Puebla, 1979, - La evangelización en el presente y en el futuro de América Latina (Madrid, BAC, 1982), nn. 29, 30.

Objeción: el aspecto ateo del marxismo

Alguien podría objetar que el Papa y las autoridades de la Iglesia nunca apoyarían el Comunismo o el Socialismo porque son sistemas ateos.
La ingenua objeción de que el Marxismo es ateo y, por lo tanto, no puede ser aceptado por los progresistas, que profesan creer en Dios, carece de fundamento.
Debido a que el Progresismo y el Marxismo creen en la evolución universal, el proceso evolutivo es aceptado por ambos. La discusión acerca de la existencia de Dios ya no es un punto de diferencia esencial para ambos. Esta ha sido reducida a una sola materia, secundaria. Los progresistas creen que el punto final de la evolución es Dios, porque para ellos Dios está inmanente en toda la creación, y que la última etapa de la evolución es la divinidad.Los progresistas dicen que los marxistas creen en una evolución universal, que admiten el mismo proceso evolutivo, pero que no comprenden la etapa final del proceso, que ellos designan vagamente como el “futuro.” Si los marxistas intentasen explicitar este punto final, se darían cuenta que su “futuro” no es otra cosa que lo que los progresistas llaman Dios. Por lo tanto, la presentación del argumento de que el Marxismo es ateo, para diferenciar a los progresistas de los marxistas, se reduce a una mera cuestión de palabras. De hecho, ambos adhieren a los mismos principios filosóficos, muy diferentes de lo que la Iglesia enseña sobre Dios.

Conclusión

La conclusión de este pequeño trabajo, es breve y triste: Juan Pablo II, al igual que sus dos predecesores, parecen apoyar el Marxismo por la vía de las ideas y de los hechos.
Muchas de sus enseñanzas están en abierta oposición a todo el Magisterio Pontificio sobre asuntos económicos y sociales que les precedió.De esta exposición, se puede comprender la extensión y anchura de las palabras de la Virgen María en 1917, cuando ella predijo en Fátima que “Rusia esparcirá sus errores por el mundo entero.” Tal vez ella implicaba incluso que los Papas conciliares serían instrumentos de difusión del Comunismo.

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